Por Frank D. Frías
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Recientemente pasaron en el cine Charles Chaplin un ciclo de películas de las décadas de los cincuentas y los sesentas. Me llegué y al dar con la cartelera estuve un tanto escéptico al ver que la del día era una cinta con Marilyn Monroe (actriz de una vida personal muy interesante pero en cuanto a la actuación, aparte de su belleza, dejó mucho que desear gracias a su voz terrible y fañosa a propósito, su fama de olvidar guiones durante los rodajes y esa habilidad de sacar lo más sensual de su figura que a mi modo de ver terminaba opacando el perfil psicológico de los personajes que interpretaba. Recuerden que nunca se despeinaba -cuando Vivien Leigth rompió con eso a finales de los treinta con la célebre Scarlet O’ hara en Lo que el viento se llevó-, siempre iba impecablemente maquillada aunque acabase de despertar. Le importó brillar en el sentido físico y por eso no le imprimía personalidad propia a ningún personaje, o a casi ninguno) y un Richard Sherman, a quien nunca oí mencionar hasta ese día. Pero era una de esas tardes en las que prefiero alejarme de la mierda y por eso me introduje en la oscura sala de mi cine favorito. Ocupé uno de los asientos de la fila central y armado de un paquete de maníes suspiré, dispuesto a resignarme. O eso creí.
Rafael de Águila no tardó en sorprenderme. Si bien no estaba de acuerdo en algunos aspectos de su exposición, cómo que en Cuba hay más escritores hoy que en cualquier otro país latinoamericano (¿acaso alguien tiene la estadística de cuántos autores hay en cada país del área?), por otro lado, en su manera de exponer dejaba en evidencia un amplio conocimiento del asunto a tratar, y sobre todo noté que investigó lo necesario para no faltar el respeto a un público que a demostrado ser buen conocedor de nuestra literatura ( he visto a no pocos exponentes llegar a este espacio con poca preparación respecto al tema de turno). Abordó asuntos como: los intereses de nuestros escritores en la actualidad: “Comienzan a escribir una novela hoy y la terminan en dos o tres meses, porque quieren presentarla a un concurso”. Incluso llegó a comparar la falta de seriedad de muchos escritores con la profesionalidad de algunos clásicos: “Hemingway escribió treinta y nueve veces el final de Por quién dobla la campana (este es el verdadero título de la obra). Otros tardaron veinte e incluso hasta sesenta años para concluir una novela. También tenemos a Kafka, quien nunca finalizó algunas de sus obras más importantes”.
La película falla desde el principio al mostrar escenas y actuaciones forzadas, como lo son la del matutino en la escuela, encartonado, plástico, con un análisis que se pierde entre la realidad y la sátira, es decir: es un lastre que se hunde en medio del lago, bien lejos de ambas orillas. Y lo otro son los niños de La Colmenita en el intercambio de juegos, sobreactuando como la mayoría del tiempo en el resto del filme. Creo que, a excepción de los protagonistas (no muy brillantes pero sí aceptables) el casting debió realizarse entre niños residentes en los barrios de desventaja social, a fin de cuentas, el guión no se inclina con rigor hacia los personajes secundarios. Por otro lado cabe señalar las locaciones utilizadas. Aunque a algunos, sobre todo en la capital, les extrañe que un río fluya cerca del cementerio, el propósito del director no era otro que mostrar un contraste marcado entre clases sociales. Y como en el resto de la isla, mucho más en el resto del mundo, los espectadores no conocen los barrios de La Timba y Zamora, se puede pasar por alto la fusión innecesaria: cualquiera de esos dos barrios bastaba para lanzar un cuadro deprimente.